lunes, 30 de enero de 2017

TEXTO 2 PARA COMENTARIO

Contaminación


                  La estupidez, decía Sartre, es fascinante. Y cuánta razón tenía. Basta entrar en Internet, navegar por las redes sociales o acceder a esos grupos de WhatsApp en los que la gente se cuenta en tiempo real la vacuidad de sus vidas y la estulticia de sus pensamientos para entender hasta qué punto el autor de La náusea estaba en lo cierto al reclamar como fascinante la estupidez del género humano. Albert Einstein fue más lejos al afirmar que esta y el universo eran infinitos y que de tener dudas sobre la infinitud de uno se decantaba por dudar de la del universo.
                  Desde que, gracias a las tecnologías, cualquiera puede opinar sobre lo que sea, insultar al que opina diferente, hacer fotos y mandarlas al instante a todo el mundo, escribir compulsivamente sin tener nada que decir o copiar lo que otros han escrito antes que ellos, tenga o no tenga interés, quien más quien menos se considera con el derecho a la omnipresencia digital consiguiendo que la contaminación tecnológica sea ya más peligrosa, por cantidad y por calidad, que la del dióxido de nitrógeno. Si se dijeran en alto todas las palabras que se están tecleando en el mundo en este momento el ruido sería tan ensordecedor que el planeta posiblemente estallase como esos teléfonos móviles que han retirado del mercado por ese motivo. Y digo yo: ¿no estallarán por el excesivo uso más que por un defecto de fabricación?
                  Esta semana, el Ayuntamiento de Madrid estuvo planteándose reducir el tráfico rodado en la ciudad urgido por la contaminación, cuyos niveles rebasaron, al parecer, los límites de peligrosidad para la salud de los madrileños. La sequedad y falta de lluvias hizo que la capital de España fuera una auténtica nube de NO2 en la que respirar se convirtió en un ejercicio de riesgo. Así que el Ayuntamiento pensó en restringir por vez primera en su historia la circulación de los coches a la mitad, como hacen ya en Londres y en otras ciudades, incluso en cerrar el centro de la ciudad a los vehículos de los no residentes. Lo que me sorprende es que nadie se plantee al mismo tiempo hacer lo mismo con la contaminación tecnológica, tanto o más perniciosa que la otra. Que la mitad de los ciudadanos no pudieran hacer uso de sus coches un día de cada dos sería bueno para la salud de todos, pero lo sería aún más si además no pudieran mandar whatsapps ni mensajes de Twitter o de Facebook ni hablar sin interrupción por sus teléfonos móviles en esos días mientras viajan en los transportes públicos. A lo mejor alguno descubría que el mundo real continúa existiendo, que no ha desaparecido del todo.

Julio Llamazares, El País, 5 de noviembre de 2016


domingo, 22 de enero de 2017

TEXTO 1 PARA COMENTARIO

El viento

            En el mediometraje Los Montes, de José María Martín Sarmiento, un cineasta desconocido en España por haber hecho casi toda su carrera en Francia, una de las mujeres que asisten al velatorio del último hombre del pueblo, cuyo final se advierte ya irreversible, cuenta una de las cosas más poéticas que uno ha escuchado nunca: el viento no mueve los árboles, son los árboles los que al moverse crean el viento.
            No sé qué árboles crearán el viento de Fuerteventura, lo cierto es que se trata de un viento seco y abrasador como Miguel de Unamuno pudo comprobar en sus meses de destierro en la desértica isla canaria que Manuel Menchón ha recreado en una película, La isla del viento, que se acaba de estrenar. El actor José Luis Gómez presta su interpretación en ella al escritor y filósofo bilbaíno, un personaje tan poco leído como mal comprendido por los españoles. A la luz de su mentalidad su pensamiento no encaja ni con las ideologías dominantes en su tiempo ni con las de ahora. Él, conservador a machamartillo, católico, apostólico y romano, era a la vez un heterodoxo, un hereje, un revolucionario atípico. Su grito de excomunión —“¡venceréis pero no convenceréis!”— a los falangistas que, con Millán Astray a la cabeza, patearon la sagrada Universidad salmantina, templo de la inteligencia, forma parte ya de la historia española, tanto por su significado como por su oportunidad. Solo Unamuno, que había apoyado la sublevación militar cuando se produjo, podía permitirse decir una frase así.
            Pero el que protagoniza la película de Manuel Menchón, un filme fallido pero lleno de buenas ideas, no es Miguel de Unamuno sino el viento. La circunstancia de su destierro, que habría dicho Ortega y Gasset, otro filósofo conservador. A lo largo de toda la película, el viento se mezcla con el estado de ánimo del filósofo, que ve cómo su pensamiento se modifica ante su violencia como le ocurre a la isla en la que está extrañado. Es lo que estaba ocurriendo a la vez en España, que veía soplar sobre ella vientos de guerra, la que terminaría estallando algunos años después. Esos vientos, el viento seco y abrasador de Fuerteventura, el áspero y lleno de amenazas que volvió locos a los españoles mientras Miguel de Unamuno proseguía con sus estudios y con sus viajes de vuelta de su destierro, son los que uno cree advertir soplar desde hace tiempo en todo el planeta, de Afganistán a Estados Unidos, de Rusia a Oriente Próximo y a Europa. Ojalá sea una impresión equivocada, porque los vientos que soplan no son precisamente los que tienen la respuesta a nuestras preguntas, ésos a los que canta el último Premio Nobel de Literatura.



Julio Llamazares, El País, 19 de noviembre de 2016

miércoles, 18 de enero de 2017

POSITIVITRÓN 14- SOBRE DERECHOS DE AUTOR

Al comenzar este año, se ha producido un hecho que afecta a algunos autores que ya hemos visto en clase; por cinco positivos...

1. ¿Qué es lo que ha pasado?
2. ¿Qué consecuencias tiene este hecho?
3. ¿Siempre ha sido así o ha habido algún cambio en la ley?
4. Cita cuatro autores cuyas obras se vean afectadas.

Una ayudita